La taza

julio 12, 2008

Yo era de los que en la oficina usan vasos de plástico para beber café y agua, y un día tuve la ecológica idea de comprarme una taza de cerámica. Pensé que, por mínima que fuese la contribución, era innecesario derrochar vasos de plástico cuando yo mismo podía evitarlo gastándome tan sólo un euro y medio. Tal era la alegría de mi estreno, que fui escampando la buena nueva por todos los rincones. Y a las primeras de cambio, me topé con un sabelotodo.

Un sabelotodo de esos pequeñitos y con voz de pito que tienen siempre datos escondidos en la recámara dispuestos a dispararlos cuanto más fastidio puedan ocasionar. ¿A qué no sabía, me dijo, que la fabricación de una taza de cerámica requiere mil veces más energía que la de un vaso de plástico? Realmente, continuó, no le estaría haciendo un favor al planeta hasta que no usara la taza al menos mil veces. Y, claro, las mil veces asumen que los vasos de plástico son usados una sola vez, pero que haciendo como él, que reutilizaba el mismo vaso durante todo un día, entonces serían dos o tres mil veces, y todo ello asumiendo que el vaso fuera opaco, porque el transparente es incluso menos costoso de producir, y ya no contamos el agua que gastamos lavándola. Y estas cosas pasan, prosiguió, porque la gente no se informa ni piensa y se suma a todas las modas, que la gente habla mucho sobre la contaminación y el deshielo, pero que ¿a que no sabía que en la Antártida hay cada vez hay más hielo?

Así que los días posteriores a esta flamante reprimenda, ahí estaba yo, con un dilema existencial, sin saber si le habría hecho un favor al mundo o habría cometido un delito contra él, sin saber si al planeta le iba a salir más a cuenta que siguiese usando mi taza o que me deshiciera de ella directamente. Y todo ello por culpa de esta marabunta de información (y desinformación) en tan corto tiempo que supone el temor al cambio climático.

Os preguntaréis cuál fue el desenlace de la historia. La taza acabó desapareciéndome. Así, de repente. Alguien se la llevaría por error, alguien me la robaría, o alguien la rompería sin querer y me lo ocultaría, no lo sé ni me importa, el caso es que la taza ya no estaba ahí, y alguien se había convertido en héroe o villano, tampoco lo sé, pero al menos me había librado de una carga insoportable y me había hecho un favor que no sabría cómo agradecer. Así que ahora escribo esto mientras me tomo mi café de la mañana en un vaso de plástico, y he decidido preocuparme por otras cosas. Y es que, como dijo Xavi, a veces matamos moscas a cañonazos y a veces pretendemos parar cañonazos con matamoscas.


El día en el que salvé el futuro

julio 9, 2008

Hoy, a raíz de una foto que ha salido de los líderes del G8 plantando unos arbolillos como símbolo de lucha contra el cambio climático, me he acordado de que hará unos 15 años hubo un día en el que me encontré en esa misma situación (*) .

Por aquel entonces iba a un colegio muy moderno, de esos a los que muchos ejecutivos apuntan a sus hijos para que tengan una educación de izquierdas. Eramos europeístas, dinámicos y ecológicos. Nos preocupaba el cambio climático, las pérdida de la cultura de la sociedad y la desaparición de las anchoas. Cuando realmente queríamos sacar buena nota en un examen nos lanzábamos a pronunciar discursos de cómo el deterioro de todas esas cosas era un tema que preocupaba muchísimo a LA JUVENTUD.

En ese ambiente no es de extrañar que tarde o temprano a alguno de nuestros compañeros o profesores (ya no recuerdo) se le ocurriese la brillante idea de que debíamos plantar un árbol. Al fin y al cabo así demostraríamos cómo la naturaleza era uno de los grandes temas que le quitaba el sueño a LA JUVENTUD.

El lugar señalado fue un pequeño montículo situado justo al lado del campo de fútbol del colegio. No recuerdo exactamente qué es lo que me tocó plantar a mí (cada uno tenía su propio árbol, que anda que no hubiese fastidiado que tu vecino de pupitre se erigiese como salvador del planeta mientras tú sólo podías mirar). Sí recuerdo que el dichoso montículo tenía un suelo muy duro, tierra de esa que se te mete bajo las uñas y luego duele de lo reseca que está. Claro, yo acabé cavando con las manos, que es todavía más ecológico que utilizar una azada.

¿Que cómo sienta eso de salvar el mundo? Como no quiero que los lectores de este blog os dediquéis a acribillar a llamadas a los pobres líderes del G8 preguntando a ver qué tal les ha parecido la experiencia, os diré que plantar un árbol es algo bastante satisfactorio, debería hacerse al menos una vez en la vida. Posiblemente sea menos doloroso que escribir un libro y posiblemente más aburrido que tener un hijo, aunque tampoco puedo comparar (sin chistes, por favor).

En todo caso, aunque desconozco el futuro de lo que han plantado el tito Bush o Sarkoman, sí recuerdo perfectamente el destino de mi amigo vegetal.

Sucedería un par de cursos más tarde. No creo que fuese idea de ninguno de mis compañeros (aunque nunca se sabe, al crecer eso del ecologismo izquierdoso pasa de moda/utilidad y era la época del boom de la construcción) pero la cuestión es que a alguien se le ocurrió que si el FC Barcelona tenía espectadores viendo sus partidos nosotros no íbamos a ser menos. Así que el montículo ecológico acabó sepultado bajo unas espectaculares gradas de cemento.

Podría calificar el hecho como metafórico, o algo, pero la verdad es que lo que más me jode es que por una vez los líderes del G8 fueran más previsores que yo y hayan puesto su planta en el japón, que allí apenas se juega al fútbol.

(*) La de plantar un árbol digo, no la de ser líder del G8. Esa anécdota la dejaremos para otra ocasión.